No entendí muy
bien cómo fue el proceso. Ni siquiera comprendí aquellos argumentos que, a modo
de revelaciones, se discutían entre los asistentes a la Conferencia en un tono,
ramplón y sabihondo, que me exasperaba hasta lo insoportable. Si continué allí
fue porque me aseguraron que, una vez finalizado el acto, se dispensaría un
pequeño refrigerio para los conferenciantes y personas allegadas. Me hice pasar
por una persona allegada, pero en el convite no me quedó más remedio que
soportar una nueva situación cuando otra persona, supuestamente allegada, sin
duda, terriblemente confundida, se dirigió a mí, no sin pedir antes mil
disculpas por su atrevimiento:
- ¿No cree usted
demasiado atrevido pensar en lo andaluz como crisol deliberado de culturas? –
me preguntó clavando sus ojillos de ratón en los míos.
- Mire usted, la
verdad, yo en este momento no pienso en nada -le contesté con cierta
indiferencia, al tiempo que mordía una empanada con rabiosa hambruna.
Pero el hombrecillo, que no tendría intención de darse por
vencido tan fácilmente, me cogió del brazo, con tan poco acierto, que hizo que
se me cayera la empanada y rodara hasta el suelo. Juro que lo hubiese matado
allí mismo y, que no lo hiciera, tuvo mucho que ver que, tras un rápido vistazo
a la bandeja, llegara a contar una docena al vuelo, suficientes para saciar el
hambre de varios días y que empezaba a descolgarse con todo dolor por mi
estómago.
No atendí a sus
disculpas y mi mano voló en busca de las exquisitas empanadas, pero parecía
estar del cielo que aquella noche no iba a poder calmar mi apetito; y mi
reacción, después de otra acometida del hombrecillo, fue la de contestar con lo
primero que se me viniera a la cabeza, con la ilusión puesta en dejarlo satisfecho
y que él me dejara en paz.
- Mire usted -le
dije buscando un tono de seguridad- lo que en realidad pienso es que lo
andaluz, como usted dice, no cabe en Andalucía; y lo del crisol…, bueno, no deja
de ser más que una metáfora fortuita.
- ¿Se está usted
refiriendo al problema de la emigración cuando dice que lo andaluz no cabe en
Andalucía? -preguntó con gesto mordaz.
- Bueno, también
podría interpretarse así. Y ahora, si me disculpa, tengo un poco de hambre.
- Esa es otra
cuestión que me preocupa y que usted no ha abordado en su charla. El hambre, ya
saciada en los medios rurales por las subvenciones y subsidios del Estado, ¿no
cree usted que ejerce una reacción adversa o contraria al propio desarrollo y
evolución económica de un país, al implantar conductas conformistas a los
subsidiados?
- Sí, desde luego,
para el que se conforme con solo comer -contesté tajante-. Me va a usted a perdonar nuevamente, necesito
comer y…
- Pero usted ha
hablado de la Andalucía del siglo XXI sin que se haya saldado la del siglo XX,
¡Qué digo la del veinte!, ni siquiera se ha liquidado por completo la de
finales del diecinueve -me interrumpió visiblemente alterado.
- Verá
-le contesté en tono reconciliador- tiene usted razón y me extendería en
ese sentido, pero he de comer. Tengo hambre.
No me escuchó.
- Afirma usted
-muy gratuitamente en mi opinión- que la Andalucía profunda se ha alimentado de
expropiaciones culturales de políticas pasadas y de visiones partidistas de
políticas presentes; pero olvida usted, a fuerza de nombrar sólo los elementos
externos, la dinámica interna de los procesos sociales. ¿Acaso no se tiene lo
que se merece? ¿No hay culpa en los propios andaluces de que se mantenga una
estereotipada imagen de sus formas de vida? O que, poco conscientes de su cultura,
¿se conformen con que ésta también sea asistida? Contésteme a esto, por favor.
Lo cierto es que me sentía confundido y
abordado, y a punto estuve de declararle que desde un principio se había
equivocado, que yo no era el ponente de la Conferencia, sino un muerto de
hambre que aprovechaba aquella coyuntura para intentar cenar gratis. Pero tanta
vehemencia puesta en sus palabras me hizo desistir de la idea y continuar con
aquel absurdo, en la confianza de que él mismo se diera cuenta de su error.
- Mire usted, mi
buen amigo, -le dije con cierta afectación- lo que usted afirma en sus
preguntas puede tener una validez relativa o limitada...
- ¡Relativa me
dice! -exclamó con asombro-, ¿acaso es relativo confirmar que la propia
Andalucía se sumerge cada día más en sus propios tópicos hasta el punto de que
la asfixian por completo? ¿Limitado el pensar que, cualquier atisbo de
intelectualidad, se desvía premeditadamente de cualquier asociacionismo con lo
andaluz, aún siendo ésta su cuna? ¿Relativa, la indiscutible falta de
conciencia colectiva, de capacidad de transformación que se traduce en una carencia
de soluciones políticas o, presumiblemente defendibles, por un inexistente
poder político andaluz? No le imagino a usted tan cándido, mi buen amigo. Su
comparecencia de hoy se puede interpretar como un catálogo de buenas
intenciones, pero que no se ven apoyadas por ninguna actuación concreta.
Palabras, nada más.
Después de aquello empecé a sentirme
molesto por no saber dar solución a tantas preguntas, por no saber si todas
aquellas cuestiones podían ser contestadas y rebatidas o, si por el contrario,
se atenían a la más estricta realidad. Quise salir a la defensiva planteando un
tema que pronto desarmó sin gran esfuerzo:
- Pero a pesar de
todas sus consideraciones, quizás acertadas, convendrá conmigo en que lo
andaluz está de moda, hoy por hoy, en el mundo.
- No me haga reír,
se lo suplico. La cultura andaluza, como su propia economía, es una cultura
dependiente, lo que quiere decir una cultura manipulada, dirigida desde el
exterior, -usted mismo ha llegado a apuntarlo-, invadida por otras culturas
instrumentalmente más fuertes. Una cultura que ha servido como punta de lanza
de lo español, como su prolongación, para arremeter políticamente contra las
culturas de otras comunidades del Estado con pretensiones más autonomistas; y
que se utiliza, la mayoría de las veces, como prototipo de subcultura de lo
marginal. El proceso de aculturación que ha sufrido Andalucía ha convertido a
ésta en tierra de nadie, y mucho menos de los propios andaluces, quienes
asisten a todo este proceso sin conciencia ni preparación para hacerle frente.
¿Cómo se solucionará esto en el siglo
XXI?
- Es usted
realmente pesimista, amigo mío, -le dije en tono poco convincente- no me negará
que también habrá algo de positivo y de lo que podamos sentirnos orgullosos.
- Desde luego, el
papel de Andalucía siempre se refleja en el resto del Estado como un motor
invisible que consigue cambios o paraliza procesos; pero, al ser invisible, no
es considerado. No puedo negarle, por otro lado, la capacidad potencial de este
Pueblo, y aún menos se puede olvidar su apasionante historia. La mayoría de los
andaluces no la han podido olvidar porque nunca han llegado a conocerla
previamente.
- Es normal, cuando
ha habido otras necesidades que cubrir. Por ejemplo, el hambre -contesté
fijando la vista en la bandeja de empanadas-.
- ¡Ay, amigo mío!,
el hambre de hoy consigue el pan para el mañana. En estos momentos se teme que
se produzca lo contrario: pan para hoy y, tal vez, hambre y emigración para
mañana.
Con el rabillo del
ojo observé como un grupo de cinco o seis personas se dirigían hacia donde
estábamos nosotros. Venían hablando y bromeando entre sí. Su cercanía, al fin,
hizo que llamara nuestra atención y reparáramos en ellos con mayor
detenimiento. Pronto noté, en mi interlocutor, un asomo de sorpresa en su
rostro. Me miró y luego examinó a una de aquellas personas que reconoció, al
fin, como el auténtico conferenciante y que llegué a contemplar, no sin cierto
rencor, cómo alargaba su mano hacia la última empanada que naufragaba ya en la
bandeja.
- Perdón, señor,
¿es usted la persona que ha dado la Conferencia sobre Andalucía en el siglo
XXI? -le preguntó el hombrecillo
clavando sus ojos de ratón.
Contemplé mudo
cómo el grupo, junto al hombrecillo, entre la charla, se fueron alejando de mí.
Ya no tenía hambre. Dejé de sentirla aullar en el estómago. Y terminé por salir
del salón de conferencias. Me recibió una noche fría y estrellada; y me
encaminé, como cada noche, hacia el calor humano que desprendía la sala de
espera de la estación.
- Mañana será otro día -pensé.
Isidoro Ropero
Invierno de
1999


No hay comentarios:
Publicar un comentario