miércoles, 2 de octubre de 2013

LA CONFERENCIA


 

 

         No entendí muy bien cómo fue el proceso. Ni siquiera comprendí aquellos argumentos que, a modo de revelaciones, se discutían entre los asistentes a la Conferencia en un tono, ramplón y sabihondo, que me exasperaba hasta lo insoportable. Si continué allí fue porque me aseguraron que, una vez finalizado el acto, se dispensaría un pequeño refrigerio para los conferenciantes y personas allegadas. Me hice pasar por una persona allegada, pero en el convite no me quedó más remedio que soportar una nueva situación cuando otra persona, supuestamente allegada, sin duda, terriblemente confundida, se dirigió a mí, no sin pedir antes mil disculpas por su atrevimiento:

 

         - ¿No cree usted demasiado atrevido pensar en lo andaluz como crisol deliberado de culturas? – me preguntó clavando sus ojillos de ratón en los míos.

         - Mire usted, la verdad, yo en este momento no pienso en nada -le contesté con cierta indiferencia, al tiempo que mordía una empanada con rabiosa hambruna.

 

         Pero el hombrecillo, que no tendría intención de darse por vencido tan fácilmente, me cogió del brazo, con tan poco acierto, que hizo que se me cayera la empanada y rodara hasta el suelo. Juro que lo hubiese matado allí mismo y, que no lo hiciera, tuvo mucho que ver que, tras un rápido vistazo a la bandeja, llegara a contar una docena al vuelo, suficientes para saciar el hambre de varios días y que empezaba a descolgarse con todo dolor por mi estómago.

 

         No atendí a sus disculpas y mi mano voló en busca de las exquisitas empanadas, pero parecía estar del cielo que aquella noche no iba a poder calmar mi apetito; y mi reacción, después de otra acometida del hombrecillo, fue la de contestar con lo primero que se me viniera a la cabeza, con la ilusión puesta en dejarlo satisfecho y que él me dejara en paz.

 

         - Mire usted -le dije buscando un tono de seguridad- lo que en realidad pienso es que lo andaluz, como usted dice, no cabe en Andalucía; y lo del crisol…, bueno, no deja de ser más que una metáfora fortuita. 

         - ¿Se está usted refiriendo al problema de la emigración cuando dice que lo andaluz no cabe en Andalucía? -preguntó con gesto mordaz.

         - Bueno, también podría interpretarse así. Y ahora, si me disculpa, tengo un poco de hambre.

         - Esa es otra cuestión que me preocupa y que usted no ha abordado en su charla. El hambre, ya saciada en los medios rurales por las subvenciones y subsidios del Estado, ¿no cree usted que ejerce una reacción adversa o contraria al propio desarrollo y evolución económica de un país, al implantar conductas conformistas a los subsidiados?

         - Sí, desde luego, para el que se conforme con solo comer -contesté tajante-.  Me va a usted a perdonar nuevamente, necesito comer y…

         - Pero usted ha hablado de la Andalucía del siglo XXI sin que se haya saldado la del siglo XX, ¡Qué digo la del veinte!, ni siquiera se ha liquidado por completo la de finales del diecinueve -me interrumpió visiblemente alterado.

         -  Verá  -le contesté en tono reconciliador- tiene usted razón y me extendería en ese sentido, pero he de comer. Tengo hambre.

 

         No me escuchó.

 

         - Afirma usted -muy gratuitamente en mi opinión- que la Andalucía profunda se ha alimentado de expropiaciones culturales de políticas pasadas y de visiones partidistas de políticas presentes; pero olvida usted, a fuerza de nombrar sólo los elementos externos, la dinámica interna de los procesos sociales. ¿Acaso no se tiene lo que se merece? ¿No hay culpa en los propios andaluces de que se mantenga una estereotipada imagen de sus formas de vida? O que, poco conscientes de su cultura, ¿se conformen con que ésta también sea asistida? Contésteme a esto, por favor.

        

Lo cierto es que me sentía confundido y abordado, y a punto estuve de declararle que desde un principio se había equivocado, que yo no era el ponente de la Conferencia, sino un muerto de hambre que aprovechaba aquella coyuntura para intentar cenar gratis. Pero tanta vehemencia puesta en sus palabras me hizo desistir de la idea y continuar con aquel absurdo, en la confianza de que él mismo se diera cuenta de su error.

 

         - Mire usted, mi buen amigo, -le dije con cierta afectación- lo que usted afirma en sus preguntas puede tener una validez relativa o limitada...

         - ¡Relativa me dice! -exclamó con asombro-, ¿acaso es relativo confirmar que la propia Andalucía se sumerge cada día más en sus propios tópicos hasta el punto de que la asfixian por completo? ¿Limitado el pensar que, cualquier atisbo de intelectualidad, se desvía premeditadamente de cualquier asociacionismo con lo andaluz, aún siendo ésta su cuna? ¿Relativa, la indiscutible falta de conciencia colectiva, de capacidad de transformación que se traduce en una carencia de soluciones políticas o, presumiblemente defendibles, por un inexistente poder político andaluz? No le imagino a usted tan cándido, mi buen amigo. Su comparecencia de hoy se puede interpretar como un catálogo de buenas intenciones, pero que no se ven apoyadas por ninguna actuación concreta. Palabras, nada más.

        

Después de aquello empecé a sentirme molesto por no saber dar solución a tantas preguntas, por no saber si todas aquellas cuestiones podían ser contestadas y rebatidas o, si por el contrario, se atenían a la más estricta realidad. Quise salir a la defensiva planteando un tema que pronto desarmó sin gran esfuerzo:

 

         - Pero a pesar de todas sus consideraciones, quizás acertadas, convendrá conmigo en que lo andaluz está de moda, hoy por hoy, en el mundo.

         - No me haga reír, se lo suplico. La cultura andaluza, como su propia economía, es una cultura dependiente, lo que quiere decir una cultura manipulada, dirigida desde el exterior, -usted mismo ha llegado a apuntarlo-, invadida por otras culturas instrumentalmente más fuertes. Una cultura que ha servido como punta de lanza de lo español, como su prolongación, para arremeter políticamente contra las culturas de otras comunidades del Estado con pretensiones más autonomistas; y que se utiliza, la mayoría de las veces, como prototipo de subcultura de lo marginal. El proceso de aculturación que ha sufrido Andalucía ha convertido a ésta en tierra de nadie, y mucho menos de los propios andaluces, quienes asisten a todo este proceso sin conciencia ni preparación para hacerle frente. ¿Cómo se solucionará  esto en el siglo XXI?

         - Es usted realmente pesimista, amigo mío, -le dije en tono poco convincente- no me negará que también habrá algo de positivo y de lo que podamos sentirnos orgullosos.

         - Desde luego, el papel de Andalucía siempre se refleja en el resto del Estado como un motor invisible que consigue cambios o paraliza procesos; pero, al ser invisible, no es considerado. No puedo negarle, por otro lado, la capacidad potencial de este Pueblo, y aún menos se puede olvidar su apasionante historia. La mayoría de los andaluces no la han podido olvidar porque nunca han llegado a conocerla previamente.

         - Es normal, cuando ha habido otras necesidades que cubrir. Por ejemplo, el hambre -contesté fijando la vista en la bandeja de empanadas-.

         - ¡Ay, amigo mío!, el hambre de hoy consigue el pan para el mañana. En estos momentos se teme que se produzca lo contrario: pan para hoy y, tal vez, hambre y emigración para mañana.

 

         Con el rabillo del ojo observé como un grupo de cinco o seis personas se dirigían hacia donde estábamos nosotros. Venían hablando y bromeando entre sí. Su cercanía, al fin, hizo que llamara nuestra atención y reparáramos en ellos con mayor detenimiento. Pronto noté, en mi interlocutor, un asomo de sorpresa en su rostro. Me miró y luego examinó a una de aquellas personas que reconoció, al fin, como el auténtico conferenciante y que llegué a contemplar, no sin cierto rencor, cómo alargaba su mano hacia la última empanada que naufragaba ya en la bandeja.

 

         - Perdón, señor, ¿es usted la persona que ha dado la Conferencia sobre Andalucía en el siglo XXI?  -le preguntó el hombrecillo clavando sus ojos de ratón.

         - Sí, en efecto, -contestó el conferenciante mientras mordía la empanada-  ¿en qué puedo servirle?

        

         Contemplé mudo cómo el grupo, junto al hombrecillo, entre la charla, se fueron alejando de mí. Ya no tenía hambre. Dejé de sentirla aullar en el estómago. Y terminé por salir del salón de conferencias. Me recibió una noche fría y estrellada; y me encaminé, como cada noche, hacia el calor humano que desprendía la sala de espera de la estación.

- Mañana será otro día -pensé.

 
                                              
   Isidoro  Ropero
                                       Invierno de 1999

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